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Agosto
20
vie
2010
Lances aguas arriba (XVI)
Francisco Bedoya Gutiérrez

Todos los grupos del monte (desde El Rañadoiro a La Hermida) habían pedido insistentemente a los dirigentes armas y víveres. De Saint Jean Pied de Port se les contestó que dispusieran en la costa de Llanes un lugar con croquis de acercamiento. Lo hubo inmediatamente referido a la playa de San Antolín. Y todo ya preparado y personal para recibirlo a punto, cuando Enrique Líster suspendió la operación, sin dar explicaciones.

LA SITUACIÓN DE los del monte se venía haciendo insostenible desde que en octubre de 1948 el Buró Político del Partido Comunista encabezado por Líster, Claudín, Carrillo… había decidido disolver las guerrillas. La Dirección quería cambiar de táctica y no hacía ascos en facilitar la frontera a los huidos. Es más, había conseguido en la zona vascofrancesa un clima de admiración por el maquis y una difusión de propaganda muy activa antifranquista. Mientras tanto a los que quedaban en Los Picos tras el golpe de Pandébano, sometidos a toda clase de penurias, no les quedaba otra salida que agravar la convivencia, como parásitos de los mismos pueblos que les rodeaban y con el horizonte político cada día más cerrado.

Pasado el tiempo, nos sentamos un otoño dorado del año 1976 en un mesón de la Vega de Liébana al garbanzo con tres amigos. Por un lado compartía mantel con toda una institución lebaniega, don Marcial, típico, por aquello de romancerista y rimador, cura rural de Campollo, a lo Arcipreste de Talavera, que no de Hita; por otro, con don Desiderio, el Gran Desi de tantos planes lebaniegos, de los que hoy disfrutamos, que entonces siempre nervioso y a la carrera ya empezaba a encanecer, a pesar de sus 27 años; y por otro, con el amigo del alma de Santillana del Mar, Antonio Niceas, director del Museo Diocesano de Arte Religioso de Cantabria.

No tardó en salir la conversación de los del monte, ya que estábamos en la Vega y además comensales con uno de los principales protagonistas de aquel tiempo, aunque nunca se comentara: don Desiderio, párroco de Ojedo. A su discreción se debió el papel de intermediario en el arreglo de aquel prolongado problema de la época de Juanín, porque su compenetración con todas las capas sociales y su compromiso de entrega incondicional al servicio de su Valle, le habían granjeado tal confianza desde ambos extremos.

El paso del tiempo iba dejando las cosas en el reposo y serenidad de la historia y allí en la blancura del mantel se iban perfilando los hechos con ese clima de intriga tan de cine negro, que muchos desearían para sí tan en vivo en la Semanona de la ciudad en la que escribo hoy estos pasajes sobre las riberas del Deva, pasados tantos años.

La misión de don Desiderio, acordada entre el mando de la comandancia de la Guardia Civil y el sacerdote, fue la de hacer llegar a los mismos del monte la posibilidad de facilitarles paso franco por la frontera de Valcarlos en Navarra, al Norte de Roncesvalles. Era conocida la permisividad fronteriza a cuanto supusiera apoyo a grupos vasco-franceses muy activos en torno a Saint Jean Pied de Port. E indudable que la inteligencia gubernamental sabía que el activismo de Los Picos de Europa estaba mitificado entre ellos, como ejemplo de aquella zona tan merodeada de movimientos maquis. Por otro lado apremiaba acelerar el proceso, porque las relaciones con Estados Unidos se estaban normalizando y no convenía una imagen internacional de inestabilidad en torno a la figura de Franco. Por ello y porque el laberinto orográfico del campo de operaciones, por el que se movían Juanín y Bedoya, favorecía la astucia y los movimientos de éstos, frente a unas fuerzas cuyo número ya era pesado para el Estado y porque en muchos casos el personal de las llanuras sufría difícil adaptación a la escabrosidad de la zona.

Ya por Valcarlos desde el 2 de febrero de 1946, tras lo de Pandévano, se había intentado aquella famosa Operación de los camioneros de pescado.

Todos los grupos del monte (desde El Rañadoiro a La Hermida) habían pedido insistentemente a los dirigentes armas y víveres. De Saint Jean Pied de Port se les contestó que dispusieran en la costa de Llanes un lugar con croquis de acercamiento. Lo hubo inmediatamente referido a la playa de San Antolín. Y todo ya preparado y personal para recibirlo a punto, cuando Enrique Líster, número 2 del Partido, suspendió la operación, sin dar explicaciones. Pero en el mes de noviembre siguiente 42 guerrilleros asturianos, leoneses y cántabros salieron de Garráis, cruzaron la frontera por Valcarlos, bajo el mando de Gabriel Pérez, héroe de la Segunda Guerra Mundial en dos furgones atestados de armamento sofisticado con una emisora y conservas… El paso se hace sin novedad, porque el movimiento del maquisard en el Bajo Pirineo Francés seguía en franquía y los carabineros se las arreglaban con sus colegas.

Por Urroz llegan a Noaín y disfrazados de guardias civiles, en el paso a nivel, paran dos camiones de pescado que vienen de Pasajes. Hacen descargar lo que traen. Despiden los furgones y meten en los vehículos confiscados lo del plan Líster, poniéndose en dirección a Puente de la Reina y Logroño. Por Soncillo asoman a Santander en el cruce de Corconte, pero al doblar la curva antes del alto del Escudo, todavía Burgos, quedan sorprendidos (un soplo) por la Guardia Civil, que espera apostada en ambas cunetas con dispositivo artillero suficiente: 6 muertos, 32 presos (2, los camioneros) y 4 logran huir. Esto en el año 46.

El caso es que un día muy lluvioso del año 1954 y acompañado por un enlace, que le esperaba en Lamadrid, don Desiderio se adentró por el Barrio de Los Laureles de Caviedes en el Monte Corona y ya casi al oscurecer en una hondonada del matorral y bosque adentro de pinos y eucaliptos entran en una tienda de papel embreado donde esperaba sólo Juanín sentado en un camastro.

El sacerdote en este punto paró en seco y seguimos respetuosos, aunque al cocido, con los chascarrillos de don Marcial, tras un silencio de medias sonrisas a la espera de tan prolongada reticencia.

De aquella gestión, que en un principio parecía que iría a dar sus frutos en cuanto a la retirada del monte de los dos fugitivos, no se logró el objetivo por recelos de última hora.
 Juan Fernández Ayala, Juanín, y Ceferino Roiz, Machado. Abajo, otro maqui sin identificar

Bedoya, Francisco Bedoya Gutiérrez, que en su pueblo, Serdio, y más exactamente en Las Carrás, nunca normalizó la vida como los demás mozos, iba para carpintero. Le llegó un hijo con su novia Leles, Mercedes San Honorio Pérez, a disgusto de los padres de ella y refocilo de la consiguiente comidilla de aldea. La situación se viciaba, pues por allí se comentaba en voz baja que los emboscaos visitaban el caserío de Las Carrás con frecuencia, como así era. El caso es que alguien se fue de la lengua y un día la Guardia Civil llega a Serdio a por Francisco. La madre de Leles, para qué querías más, pone millas por medio y envía a la Argentina con unos familiares a la hija y al poco tiempo también al pequeño Ismael, Maelín, quien sin saber que era su padre visitó alguna vez con su madre en la cárcel a Bedoya, donde el preso siempre le obsequiaba con un camión hecho de madera para él.

Pero todavía prisionero en 1952, se entera de que su casa fue pasto de las llamas con el ganado dentro de una manera sospechosa. Esto le enerva y logra evadirse del centro penitenciario. Y, tras refugiarse en Carabanchel, en casa de una antigua novia de Juanín, llega a Serdio y antes de que le vinieran a buscar se une en el Monte Corona a Juanín, empujado por el apremio y el impulso de venganza, gustoso de apoyar a un valiente, por el que siempre sintió admiración.

La pareja mítica estará unida cinco años, hasta que al anochecer del día 24 de abril de 1957 cerca del cruce del camino de Señas con la carretera a San Glorio Juanín se vio sorprendido: a sus espaldas la voz del cabo Rollán Arenales le da el ¡Alto! Al intentar huir, una ráfaga de disparos le acierta en la yugular. Cae fulminado. Mientras, Bedoya, parapetado tras unos troncos de roble disparó una vez, antes de escapar monte arriba, pues entraba en la refriega también el guardia acompañante Agüeros Rodríguez. Todavía se escucharon disparos de Bedoya bastante tiempo después, para, tal vez, esperar contraseña de su compañero. La Guardia Civil en la oscuridad no sabía la identidad del muerto, hasta que avisados llegaron de Potes otros números.

Bedoya siguió en el Monte Corona, merodeando su pueblo de Serdio con frecuencia bastante desorientado, hasta que su cuñado le convenció de pasarse a Francia. Él lo llevaría.

La fría mañana del 2 de diciembre sobre una derbi salen del Monte Corona rumbo a Francia y antes de asomar a mar abierta por Islares, en plena Ría de Oriñón, la Guardia Civil, que viajaba camuflada a retaguardia se aproxima a los motorizados y en aquel paso solitario, de agua por la izquierda y escarpado monte por la derecha, una ráfaga de plomo da con los dos sobre la carretera. El cuñado no se mueve. Está muerto. Y Bedoya, malherido, todavía trepa por el acantilado y se pierde entre la maleza a la desesperada. Allí lo encuentra exhausto, desangrándose, un guardia, que con un tiro en la frente da por finalizado el capítulo de la resistencia del Norte.

Años más tarde, al otro lado del Atlántico, Maelín, que vive con su madre casada en Buenos Aires, encuentra en una caja de zapatos y en lugar secreto, las cartas que Francisco Bedoya Gutiérrez escribiera a Leles y un recorte del “Alerta”, en que el reportero daba cuenta de la muerte de aquel hombre fuerte de la cárcel, que un día le regalara un camión de madera.

Fuente: - Cecilio F. Testón
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