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Marzo
21
vie
2008
Entrevista a José Ramón González
José Ramón González

El pasado sábado, Panes, Asturias y, me atrevo a decir, España volvió a cerrar una página de su intrahistoria. En la madrugada del 15 de marzo nos abandonó uno de los personajes más conocidos y queridos del concejo, José Ramón González, el de El Resbalón. Panes y el barrio de La Fuentina se han quedado, en cierto modo, huérfanos. Sin querer realizar comparaciones, en la carretera general se estableció en 1962 una de las figuras más queridas por los vecinos del valle. En su tiempo, y en la actualidad, aún suena El Comportu. Así sucederá con José Ramón al igual que para muchos de los vecinos lo hace el de otra gran persona ya desaparecida, Susana. Siempre atento, siempre con un comentario que hacer, saludaba a conocidos y extraños, especialmente a los niños y a las hermosas féminas que por su establecimiento pasaban. En el recuerdo queda José Ramón, emocionado por la partida a México de amigos y familiares o por los cumpleaños de alguno de sus vecinos. El pasado fin de semana nos tocó llorar por él. Dijimos hasta siempre a un gran vecino, a una parte de nosotros.

Esta semana, no quiero dejar pasar la oportunidad de rendir este homenaje a nuestro vecino. Desde la infancia recuerdo, al igual que mis hermanos, aquel «¿me cruzas?». Por San Miguel, allá íbamos con él a la feria de Puentenansa y, más de una vez, nos llevaba a Merodio para cazar grillos y volvíamos con un nido de ratones de campo. En invierno, muy recordados eran los santos que nos hacía en la huerta de María. Tras la barra de El Resbalón, aquella en la que desayunaba en un cazo sus sopas matutinas, aprendimos los primeras palabrotas y a cómo suspesar a una moza mientras los clientes tomaban sus vinos. Este marco, conformado por algunos asiduos —Guille, Felipe, Manolo, Ángel y Corderín; su esposa Telvi; su hijo, Javi, y Aurora; los de Susana; sus cuñados, Lola y Manolo; y Chelo, Ana, Paquito y José «el Che»— ya no será el mismo. Todos le llevaremos en nuestro corazón y así hablaremos de él a las sucesivas generaciones en las que ya están Paula, María, César y Francisco.

Ante esta triste noticia, recuperamos algunos fragmentos de una entrevista publicada en este semanario el 8 de octubre de 2004.


José Ramón González Sordo, regentador de El Resbalón de Panes y oriundo de Merodio, destaca varios aspectos de su vida y del pasar del tiempo en la capital del valle de Peñamellera Baja, lugar en el que residía desde 1962. Con un oficio que mamó desde la cuna, José Ramón hizo de su local uno de los más populares dentro y fuera de nuestras fronteras. Productos caseros de calidad y una buena atención, unido al calor de un hogar son los ingredientes que hacen de El Resbalón un comercio único en Asturias. Este hombre, que bien de mañana desayunaba sopas de pan en una cazuela, esquivó a la muerte en marzo de 2002. En el que era el año II de su nueva vida, Jose Ramón continuaba con sus quehaceres cotidianos al mismo tiempo que mantenía su gran afición por el deporte rey en Cantabria y el oriente asturiano, los bolos.

Sus nietos Daniel, Diego y Paula vinieron a ocupar el puesto de aquellos niños de Panes, hoy ya mozos, que corrían por detrás del mostrador de madera, mientras que clientes, y él mismo, les enseñaban alguna que otra picardía.

¿Por qué se decidió a optar por este tipo de negocio?

Yo nací en Merodio, donde mis padres regentaban la taberna Casa Poldo, la hoy denominada La Primera de Asturias. Allí mamé el oficio desde muy pequeño, al mismo tiempo que cuidaba el ganado junto a mi hermano Poldo.

¿Por qué Panes?

Tras regresar del servicio militar, que realicé en Medina del Campo, Sevilla y Cádiz, seguí en Merodio una temporada hasta que me casé con la que hoy es mi mujer, Telvi. A ella la conocí en la fiesta de San Antonio en El Mazo, y en 1962 nos casamos en la capilla de Espioña de Cimiano. Sin dejar de lado el oficio de ganadero, un buen día se presentó la oportunidad de alquilar un local en la capital del concejo. En aquellos días, allá por 1970, El Comportu y El Resbalón estaban disponibles, pero la renta del primero metía miedo, por lo que me tuve que decantar por el segundo, regentado por aquel entonces por Juan Luis y Esther.

¿Cómo afrontó este reto?

Pues la verdad es que empezar cuesta, aunque no puedo quejarme mucho. Lo primero que había que hacer era arreglar el mostrador, parchear los suelos con alguna que otra lata, siempre manteniendo la estética del local, y pagar todas las existencias. El paso siguiente fue proveer de mercancía el comercio. Aún recuerdo que compré un camión entero de existencias que me costó 21.000 pesetas. Junto con los víveres y alcoholes tuvimos que comprar un nuevo frigorífico. ¿Fueron duros los primeros momentos?

Duros, duros, ..., pues como todos cuando quieres levantar un negocio. Comenzamos a dar comidas y Telvi nunca dejó de hacer boronos, producto que desde entonces ha sido uno de los más solicitados por nuestros clientes. Por las noches llegábamos a vender hasta 300 pesetas, todo un logro para aquella época. Mientras que los anteriores regentadores registraban unos ingresos diarios de 500 pesetas, en nuestro primer día llegamos a facturar 900 pesetas, y al día siguiente 1.500, lo recuerdo como si fuera ayer.

¿Qué horarios seguía?

Abríamos como seguimos haciendo hoy, a las ocho y media de la mañana, pero el cerrar era otro cantar. Los horarios en la actulidad son más flexibles, a pesar de no cerrar al mediodía, ya no cerramos tan tarde como en aquella época. Recuerdo noches de claudicar pasadas las cinco de la madrugada, pero como siempre he dicho cerrado no ganas, y más cuando estás empezando a montar tu propio negocio.

¿Qué recuerda de sus primeros años?

Lo que más recuerdo son aquellas noches de invierno cuando los guardias civiles acudían a El Resbalón a jugar la partida y tomar un café. Otra de las noches que más recorren mi mente fue aquella cuando los Civiles realizaron guardia ante el secuestro de Oriol y Villaescusa en Madrid. Eran noches muy largas. En los ochenta también viví en directo el atropello de Carmen, la confitera, cuando volvía a casa. Aquella mañana fue interminable.

¿Quienes eran sus clientes?

Todo el valle compraba, y sigue comprando aquí. Los hombres venían al bar y las mujeres se encargaban de las compras. Los días con mayor afluencia de público eran los fines de semana, sin citar los días en los que se celebraban fiestas y ferias de ganado en el pueblo, fechas en las que no se paraba de servir comidas.

¿Cuál es el secreto de El Resbalón?

Secreto, ninguno. Nosotros vendemos productos caseros que exponemos a la vieja usanza en cestos de madera de castaño y sacos, como es el caso de la harina de maíz. Ofrecemos botas de vino, cachavas, campanos, correas, chirucas, entre otros, todo ello en un sólo comercio. Mantenemos el local tal y como lo encontramos el primer día. Todavía hoy seguimos desgranando el maíz en la propia tienda, al igual que desenvainamos las alubias. Aquí todo el mundo es bien recibido y siempre hay una buena palabra para el visitante. Quizás el secreto sea el arraigo y la tradición.

¿Recuerda algún personaje conocido que haya pasado por aquí?

Al que más recuerdo es a Rodolfo Martín Villa cuando aún era ministro, quien me preguntó dónde hacían café de cafetera, y le mandé a la cafetería Covadonga, puesto que nuestro café era, y es, de puchero. También pasó por el local Hierro, del Real Madrid, y, hoy por hoy, aún sigue parando, cada vez que sube a Potes, Miguel Ángel Revilla, presidente de Cantabria. Pero para mí los más recordados no son aquellos que la gente busca en la televisión o las revistas. Por El Resbalón ha pasado mucha gente que siempre nos recuerda y nosotros a ellos. Este verano por aquí pasó a visitarnos Eva, la de La Atalaya, quien vive en San Francisco, entre otros de los críos que jugaron por la trastienda, sin olvidar a Inmaculada (hija del sargento Manolo), Silvia (de Mariano), Ángel o Paquito. Aquellos chavales, alguno de ellos ya casados, además de divertirse apredían alguna que otra picardía o se les fomentaba realizar trastadas varias ante aquellas rígidas madres de la época. Así, alguna vez envolví un nido de ratones para que un guaje se los llevara a su madre, para disgusto de ella. Siempre he sido muy criero. En alguna ocasión me los llevaba a la feria de San Miguel a Puentenansa, o a disfrutar de alguna partida de bolos, mi gran afición, a Cabezón de la Sal o Pancar. También cabe recordar a Pancho, Ardines y Nando, de Colosía, con quienes jugué interminables partidas a las cartas durante muchos años.

¿Qué espera ahora de la vida?

La vida siempre la he afrontado mirando hacia el presente. Primero fue mi esposa, después mis hijos Natalia y Javier, ahora mis tres nietos Daniel, Diego y Paula, la vida es una constante carrera de obstáculos que hay que superar trabajando día a día para que a la familia nunca le falte de nada. Aunque mi labor ya ha decrecido bastante, el tesón de los hijos por mantener los negocios es uno de los premios que da la vida. Descanse en paz.

Artículo publicado en El Oriente de Asturias el 21 de Marzo de 2008

Fuente: - José Lebeña Acebo
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