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Noviembre
13
jue
2008
Un «doctor» en prehistoria en Panes
Gregorio Gil, segundo por la izquierda de pie, en el Instituto de Patología con Gregorio Marañón, sentado a la derecha. rebeca aja

Gregorio Gil Álvarez, médico rural de profesión e historiador por devoción, ha investigado algunas de las cuevas asturianas de arte rupestre más relevantes

Hombre octogenario, don Gregorio -como se le conoce- conserva la costumbre de hojear diariamente el periódico y tener siempre a mano un libro. Así mantiene entrenada una memoria que tantas veces asegura haber querido «perder un poco», para que siempre fuera quedando en ella un hueco libre que rellenar con nuevos conocimientos. Unos aprendidos en los libros y otros, fruto de la «casualidad». Castellanoleonés de nacimiento, Gregorio Gil Álvarez se trasladó a Asturias a finales de la década de los cincuenta del siglo pasado. Y fue en Asturias donde da a luz un nuevo frente de investigación que le reportará otros títulos y reconocimientos: la Prehistoria. Gil Álvarez participó en el descubrimiento y estudio de algunas de las joyas del paleolítico asturiano, dejando publicadas algunas separatas junto con destacados prehistoriadores como Manuel González Morales, Francisco Javier Fortea Pérez o José Alfonso Moure Romanillo.

Sentado en el salón de su casa de Panes, junto a una luminosa ventana con vistas al palacio de San Román, Gregorio Gil termina de pasar la última página del periódico. «Ya está visto», dice, dando así permiso a una larga conversación que descubre un carácter inquieto y curioso que su propietario exhibe con orgullo, pues de él se ha valido para procurarse un destacado aprendizaje. «Siempre me gustó ser el primero en todo», afirma recordando los sobresalientes y honores de la carrera y el premio extraordinario por su doctorado.

Aunque nació un 26 de enero de 1926 en Medina del Campo, su vida transcurrió en el pueblo de Tordehumos hasta su traslado a Valladolid para estudiar Medicina y, más tarde, a Madrid para doctorarse en el Instituto de Patología Médica a las órdenes de su fundador, el prestigioso endocrinólogo Gregorio Marañón (Madrid 1887-1960). «La medicina con don Gregorio era una maravilla, los tres años que estuve con él fueron años magníficos», recuerda su discípulo. «Marché porque me echó», relata. «Llamó a mi padre y le dijo que no gastara más dinero porque ya no podía aprender más».

Y don Gregorio regresó a Valladolid con un regalo de su maestro que aún conserva. Por supuesto, un libro: «El crecimiento y sus trastornos» (1953). En él figura una dedicatoria recordando la «eficaz actuación» de Gil Álvarez en el instituto donde se doctoró en Medicina y Cirugía un 12 de enero de 1955. Pero en Valladolid, lo «aburrieron» las luchas entre médicos de su promoción. El padre de una amiga que había estado ejerciendo como doctor en Ruenes (Peñamellera Alta) lo pone en la órbita de la medicina rural.

A finales de la década de los cincuenta, llega al cercano pueblo peñamellerano de Alles como médico para quedarse «un año o dos, porque quería aprender lo que no sabía, que era la medicina rural», antes de regresar a Valladolid. Pero en Alles terminó quedándose 25 años (después ejercerá y se jubilará en Panes) renunciando a la plaza que tenía en Llanes y con las ganas de haber alcanzado su destino preferente, Colombres.

A Alles se trasladó con él su esposa, María Jesús «Tatús» Vaquero, oriunda de El Escorial (Madrid), donde su padre ejercía la medicina, pero también con raíces familiares en Asturias (una calle de Ribadesella lleva hoy el nombre de su tío, Ricardo Cangas).

En Alles, nacerán los cuatro hijos de la familia Gil Vaquero. Y, en Asturias, la avidez del patriarca por adquirir nuevos conocimientos terminó por agasajarlo con nuevos títulos como el de prehistoriador no profesional o el premio «Francisco Jordá», dado en Oviedo en el año 1995.

Gregorio Gil topó con el arte paleolítico asturiano, por primera vez, en 1971. El 4 de abril de ese año, dos jóvenes de Alles, Miguel Gutiérrez y Luis Noriega, descubren los grabados de la cueva de Coímbre o de Las Brujas (próxima al pueblo de Alles) y avisan al médico de la localidad, don Gregorio, quien poco tiempo después, junto con el prehistoriador José Alfonso Moure Romanillo, informaron del hallazgo en una breve reseña publicada en la revista «Trabajos de Prehistoria».

«No me avisaron por el grabado del bisonte», recuerda Gil Álvarez. «Ése lo vimos por casualidad cuando íbamos caminando y la luz de la linterna lo iluminó, las colocamos encima de unas piedras y estuvimos sentados contemplándolo durante mucho rato». Después llegó la cueva de Los Canes, con diferentes grabados de trazos paralelos, rectilíneos y ondulados que dio lugar a la reseña «Notas sobre los grabados digitales de la Cueva de los Canes» (Arangas, Cabrales) por los autores Pablo Arias Cabal, Gregorio Gil Álvarez, Alberto Martínez Villa y Carlos Pérez Suárez. Luego la cueva de Traúno (Peñamellera Alta), donde no sólo descubrió los grabados, sino también «una azagaya muy curiosa, porque es cuadrada y cada arista está dentada, pero cada diente hacia un lado, además tiene grietas para que la sangre del animal cayera y no hiciera tapón», explica Gil Álvarez.

Las cuevas son «una cosa rara», continúa, «a veces pasas por un sitio montones de veces y no ves nada, como la de Los Canes, que la descubrí por no caerme después de muchas visitas. Al apoyar la mano en la pared sentí algo, alumbré con la linterna y eran los grabados». Mientras sigue interesándose por la prehistoria, apunta: «Aún queda mucho por descubrir». Y le pone humor a su edad y sus limitaciones físicas, recordando la curiosidad que lo llevó a descubrir e investigar muchas cavidades rupestres de la zona. Y a anotar un lamento: «Yo buscaba encontrar alguna cueva con pinturas, pero nunca lo conseguí».

Fuente: La Nueva España del Oriente - Rebeca Aja
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