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Enero
21
dom
2018
Peñamellera Alta es la excepción
Con once nuevos habitantes en el último año, fue el concejo que más creció en una región que no deja de perder población | Quintín, Zoraida y sus tres hijos llegaron a Alles «huyendo de la contaminación de Avilés»; mientras que Victoria y Pablo han apostado en Llonín por la ganadería
Quintín Trespalacios, Zoraida Morales y los pequeños Erik, Adriel y Safira en Alles. / JUAN LLACA

En un mapa de cifras en negativo por la sangría demográfica que atraviesan tanto la comarca como el conjunto de Asturias, el pequeño concejo de Peñamellera Alta se erige como una rara avis en la que la población aumentó un 2,1% en el último año contabilizado. En total fueron once los nuevos habitantes que en 2016 sumó municipio, el mayor número en términos absolutos de toda la región, y la tendencia continúa con nuevas llegadas a lo largo de 2017.

Victoria Pando sostiene en brazos a uno de esos nuevos peñamelleranos. El pequeño Alonso tiene seis meses y es el segundo hijo, tras Alejandro de 3 años, de esta joven cántabra y su marido, Pablo González, natural de Llonín. Ella llegó al pueblo hace cuatro años y desde el primer momento, cuenta, «me adapté muy bien». Procedente de la localidad de Riclones, en Rionansa, estaba acostumbrada a la vida rural y el mayor cambio, más que el traslado, vino de la mano de su actividad profesional. La familia apostó por la ganadería como medio de vida, con sus satisfacciones e inconvenientes. «Nos marcamos nuestros horarios, pero es una dedicación diaria. Hay momentos mejores y peores y ahora tenemos el problema del lobo», lamenta.

Para Zoraida Morales la llegada a Peñamellera Alta supuso un cambio más brusco. Natural del barrio madrileño de Aluche, se mudó primero a Avilés y, hace año y medio, a Alles. «Pasé de menos a menos hasta aquí», bromea. Esta madrileña y su familia de cinco miembros se decidieron a abandonar Avilés «por la contaminación» en busca de «calidad de vida». El lugar elegido no fue casual. Su pareja, Quintín Trespalacios, es del pueblo peñamellerano de Llonín. «Vinimos sin trabajo a lo que surgiera. De venir a una zona rural, mejor a una conocida», cuentan.

Ambos integradores sociales de profesión, Zoraida enlaza en la comarca contratos eventuales en el sector de la hostelería y Quintín hace trabajos de artesanía. «El trabajo no está peor que en las ciudades», señala Zoraida. Además, en el acceso a la vivienda, relatan, han encontrado más facilidades. Los cinco residen en una vivienda municipal habilitada en la antigua casa del médico, en el barrio de El Pedroso, donde ya son unos peñamelleranos más. «Es como la comunidad de vecinos de un edificio, pero en un pueblo. Cuando la gente ve que eres una familia empiezan a apoyarte», explican.

Entre esos apoyos se encuentra el de su vecina Toñina, una octogenaria con la que «pasamos tardes enteras hablando y hablando». Otro vecino, relatan, les cedió parte de una panera, donde planean habilitar un gallinero tras unas obras realizadas por Quintín como contraprestación a la ayuda.

Para los pequeños de la familia, la llegada a Peñamellera Alta supuso la inmersión en un mundo hasta entonces desconocido. Acostumbrados a clases de casi treinta alumnos, Adriel y Erik, de 13 y 12 años, acuden ahora al colegio de Arenas, centro en el que se imparten enseñanzas desde infantil a secundaria.

«A mí no me costó adaptarme, hice amigos muy rápido. Soy bastante sociable», explica Erik. En el cambio ha salido ganando, además, en libertad. «En Avilés tenía que pedir permiso para salir y tener cuidado con el tráfico; aquí puedo ir con la bici y a correr, es más divertido». Uno de los aspectos que echa en falta es tener compañeros con los que compartir sus aficiones, el manga y Star Wars, ya que «cuando hablan de vacas no me entero de nada». Por su parte, la pequeña Safira, de cuatro años, echa en falta «la piscina y los parques grandes». Para Adriel, la diferencia se nota a la hora de salir con sus amigos, pues depende de que la lleven en coche hasta Arenas, a 16 kilómetros.

Victoria Pando, con Alonso y Alejandro en Llonín.
Victoria Pando, con Alonso y Alejandro en Llonín. / LLACA
«Lo del coche es un rollo», confiesa su madre. No obstante, recuerda que las ventajas de vivir en Alles superan a los inconvenientes. «Estamos respirando aire puro, tenemos un huerto y sales de casa y ya estás en contacto con los animales. Esto no es como hace cincuenta años, viene el panadero, el pescadero...», enumera. La familia forma parte, además, de la asociación La Madeja del Mundo, con la que tratan de dinamizar la vida en el pueblo, especialmente para los quince niños que residen en Alles y sus alrededores.

Dinamizar el concejo
También en Llonín, la llegada de Victoria ha supuesto una «revolución» a la vida del pueblo. La joven está al frente de la asociación que ha recuperado las dos fiestas del pueblo, una celebrada en enero y otra durante el verano, tras dos décadas de ausencia. «Hay muchas actividades aquí en Llonín, ahora mismo tenemos un curso de cocina», cuenta. El único inconveniente que la cántabra encuentra a la vida en el pueblo es el estado de la carretera de acceso al núcleo. «Ya está aprobado que la arreglen», señala.

La continuidad en los pueblos peñamelleranos no suscita dudas en las familias. «Todavía estamos aterrizando, pero tenemos perspectivas de montar algo relacionado con el turismo orientado al conocimiento del entorno», explican Zoraida y Quintín. Quienes sí tendrán que abandonar Alles en pocos años son Adriel y Erik, pues para la etapa de bachillerato tendrán que acudir a Cangas de Onís, lo que les obligará a permanecer en la residencia. «Es un primer paso de responsabilidad antes de salir del hogar, antes de ir a la universidad», valora Zoraida. «Yo siempre les digo que tienen que conocer más cosas para poder elegir dónde quedarse», añade.

Planes de futuro
El punto en el que coinciden ambas familias es la necesidad de seguir atrayendo a más jóvenes. «Si consiguiéramos que viniese más gente podríamos mover más actividades en el pueblo y garantizar el relevo generacional, ahora hay mucha gente mayor», dice Quintín. En los últimos años, la habitual población envejecida de Llonín, cuenta Victoria, se ha visto rejuvenecida con nuevos habitantes. «Hay bastante gente que ha venido, este es uno de los pueblos con más niños, ocho. La zona engancha por la buena calidad de vida», sostiene.

Zoraida y Quintín también animan a todo aquel que medite seguir sus pasos. «Si estás en Madrid, amargado, con contaminación, no pudiendo dejar a tus hijos salir a la calle y teniendo que hacer dos horas de coche para encontrar silencio, quizás te tienes que plantear cosas», afirman.

Fuente: El Comercio - Gloria Pomarada
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