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Julio
23
mie
2008
«Estas cuevas son patrimonio del cosmos»
Carlos Martín Escorza, durante la conferencia que pronunció ayer. /SUSANA SAN MARTÍN

El investigador apostó en su charla por observar las cavernas «desde todos los ámbitos de estudio posibles»

Apasionado en sus palabras, Carlos Martín Escorza, geólogo del Museo Nacional de Ciencias Naturales del CSIC, llegaba ayer al Archivo de Indianos de Colombres para participar en el ciclo de conferencias que celebran el centenario de El Pindal y La Loja. Lo hacía con una charla que hundía sus raíces en el relato histórico del descubrimiento del arte rupestre y su estudio a lo largo de estos tres siglos. Unos descubrimientos que, al principio, «generaron desconfianza y debate». Pocos científicos creyeron, a finales del siglo XIX, en la veracidad del descubrimiento que acababa de realizar Sanz de Sautuola. Bueno, para ser justos, su hija María de ocho años que, alzando la vista en una de las cavernas que su padre visitaba frecuentemente, se topó con lo que parecían ser unos «bueyes» pintados en el techo. Eran los bisontes de Altamira y arrancaba una nueva etapa para los estudiosos del arte paleolítico. «Fue la primera y la mejor», reconoce Martín Escorza.
Pero, en el propio Museo de Ciencias Naturales, que siempre tuvo una relación muy estrecha con estos descubrimientos y los trabajos posteriores en las cuevas del norte, «se generó un debate entre los que creían que esas pinturas eran de los hombres prehistóricos y los que no». Entre los nombres que defendieron la primera posición, estaba Juan Vilanoba, que allá donde iba ponía en conocimiento de los científicos el hallazgo. Finalmente, los estudiosos franceses ratificaron que las pinturas eran auténticas. Posteriormente, llegaron otros estudiosos como Eduardo Hernández Pacheco, que hacia 1914 participó en muchas de las investigaciones de Asturias -especialmente en Candamo-, a través de la Junta de Ampliación de Estudios donde se creó la Comisión de Investigación de Paleontología y Prehistoria.
Pero todo se paralizó con la Primera Guerra Mundial y con La guerra civil, que «acabaron con el entusiasmo económico y de medios». A partir de los setenta, con estudiosos como Manuel Hoyos, también del Museo de Ciencias naturales, volvería el interés. De esta forma, dice Martín Escorza que la evolución en el estudio de las cuevas no sólo ha convertido a las cavernas en «un museo geográfico sin fronteras» sino que también «han reflejado el momento histórico que se vivía en nuestro país y en el resto del mundo». Queda, por tanto, hablar del futuro de unas grutas, a ojos del investigador, «fantásticas que más que Patrimonio de la Humanidad son patrimonio del cosmos». ¿Llegaremos al fondo de su estudio? Martín Escorza lo tiene claro: «Nunca se acabará, siempre habrá nuevos instrumentos que irán un paso más allá y que nos obligarán a revisar lo ya estudiado. A partir de aquí debemos abarcar el trabajo en las cuevas desde todos los medios posibles -matemáticas, química, física, geología, arqueología- porque estamos en la prehistoria del conocimiento de la Prehistoria».

Fuente: El Comercio - Iker Cortés
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