
La figura de Ramón Alzola se corresponde con la de un poeta de verdad, hasta ahora sumido en el silencio y que atraviesa, como fantasmal criatura, el horizonte del parámetro de la tristeza para intentar penetrar en el mundo de la esperanza, dentro de unas formas que aún encierran rescoldos de amargura. La evolución de su poesía podrá valorarse pasado un tiempo a la vista de lo por él creado. Lo que sí podemos intuir es que su inclinación irá dirigida hacia el terreno de pasmosa sencillez, como corresponde a un poeta de esencia y sentimiento encendido hacia un humanismo rayano en lo espiritual.
Sus versos, plegaria al más puro estilo unamuniano, son hito trascendente en la vida de Ramón Alzola, la búsqueda de Dios, esa obsesión que al buen rector de Salamanca preocupaba sobremanera:
Sed de Dios tiene mi alma, de Dios vivo/ conviértela, Cristo, en limpio aljibe/ que la graciosa lluvia en sí recibe de la fe…
Ramón Alzola es poeta autodidacta, a lo Miguel Hernández y tantos otros que, mimados por las musas, hicieron del verso su verdadero Parnaso. En el bosquejo de su punto de partida lírica, nos ofrece, para recreo y emoción de los sentidos, unos endecasílabos plenos de pureza, que nada tienen en común con los cien sonetos que Neruda dedicara a su amor, la adorada Matilde Urrutia, sí, aquellos que él mismo calificara como de madera y no le faltaba razón para ello.
Ramón Alzola es poeta y es pintor. El arte, en ocasiones, prefiere alumbrar en cunas muy apartadas, fuera de todo bullicio, donde el crisol de la vida permite que la paz que alienta al espíritu y deja aflorar del alma todo cuanto ella siente en su estado más puro, más virginal y ese sentir en Alzola se transforma en poesía viva. Todos los eslabones integradores de la auténtica poesía se dan, de forma natural y conducidos con sencillez monástica en sus versos, lo que engrandece aún más el valor lírico de los mismos. Hay que señalar que la memoria de Bruno, el hijo desaparecido en edad de sueños, subyace como transfondo de sus versos. Sazona esa natural melancolía con una siembra de afectos y cantos regalados a personas y naturaleza, versos que buscan evasión a su fijación de sufrimiento sin conseguirlo, al quedar envueltos por la pátina amarga del recuerdo al hijo que se fue. Es tal el desasosiego del poeta que nos lleva a recordar al Jorge Manrique de Tierras de Campos en las
«Coplas a la Muerte de su Padre» que, ante el dolor por la desaparición de quien fuera todo para él, sabe elevar su espíritu sacando fuerzas de flaqueza y decir:
Y aunque la vida murió/ nos dexó arto consuelo/ su memoria.
El camino emprendido por Ramón Alzola en este nacimiento hacia el mundo de la lírica, uno lo percibe como una forma de cosmovisión poética, una percepción en extremo alejada de localismos y variantes folclóricas en línea con no pocos poetas de la mal llamada generación de los años 70, eso sí, con un modo peculiar de decir, con su acento comunicativo de astur que no renuncia, de tal suerte que se produce una tensión entre una voluntad de objetividad poemática y ciertos veneros de sentimentalismo que entrecruzan buena parte de los versos, dando un tono de tristeza intrínseca, incluso en aquellos sonetos marginales, es decir, fuera del epicentro que ocupa el hijo perdido.
Alzola con su libro Sonetos, ha iniciado su particular batalla en pos de la esencia de la palabra, para hacerla suya y convertida en versos, trasmitirla, buscando alcanzar un camino de perfección.
ANTONIO PORTERO SORO
Artículo publicado en la edición del 28 de Mayo de 2010 del semanario El Oriente de Asturias.
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