Estás en   Inicio >> Crónicas >> Crónica Ampliada
inicio

foro

Premios pico peñamellera
actualidad
Liga Infantil de Bolo-Palma
Liga de Bolo-Palma
Las Fiestas del Valle
Videos
revista "Bolera"
enlaces de interés
Museo de los bolos
exposiciones
Huellas
crónicas
agenda
quienes somos

Viernes 11 de Junio de 2010
Lances aguas arriba (VI), por Cecilio F. Testón
Cecilio F. Testón EL 29 DE SEPTIEMBRE de 1517, día de San Miguel, Carlos I atravesó El Deva en barca por La Peña El Ángel de Bustio. Cruzó las marismas y humedales de Unquera de Tinamayor, cuya ensenada salvajemente meteorizada por mareas y avenidas nivales, hasta las obras de dragado de 1855, estuvo formada por mutantes y caprichosas capas de pantanal y aluvión. Repitió El Rey chalana media legua después en Pesués de Tinamenor, al atravesar el Nansa, llamado también por aquella parte, Río Muñorrodero, en La Barca de Abaju. (Diez días antes, cuando se dirigía, escoltado por 52 navíos de Flesinga de Los Países Bajos a Santander, debido a un error de los marinos vascos, había entrado, pisando por primera vez tierra española, unos dicen que en Tazones, otros, que en La Barquerina o en el Puntal… El caso es que del embarcadero fue llevado en palanquín por la vía costera con su hermana Leonor hasta el puente Huetes de Villaviciosa a alojarse como huésped en casa de Don Rodrigo Hevia).
Pues en aquella ocasión, a su entrada en Las Asturias de Santillana por Ribadedeva y Valde San Vicente, el Cronista Oficial de cámara, Laurent Vital, anotaba: “Después de haber oído misa Nuestro Señor el Rey, y después de haber desayunado muy bien, partió de Columbres para hacer dos leguas largas de camino muy malo y penoso, para llegar a un puerto de mar llamado San Vicente de la Barquera…”
Mas, a nadie, aparte adulaciones cortesanas de salón, injustamente duras le podrían suponer las magulladuras al fornido cuerpo de S. M. Mozo de 17, aún carente de bozo rubicundo sobre su prognático perfil de primer Austria y flamenco, ¿es que no se le había tratado a cuerpo de lo que era la víspera por Llanes y en la fresca por Ribadedeva?
Es evidente que, si estas quejas de un extranjero procedente de países tan llanos, se manifestaban por el estado de los caminos en la franja costera de terrazas más o menos onduladas sobre el mar, ¡¿en qué barrizales y llamazares no mojaría la pluma aquel cronista, si tuviera que describir las dificultades de los caminos de la época, por las cuencas de aquel río y del Cares aguas arriba?!
Ello explica lo apuntado hasta aquí, que, salvo las rutas de Caoru y afines con las demás del mediodía del Cuera (¡que ya se las traían de por sí!), los demás enlaces peñamelleranos, que van a aparecer a lo largo del relato, no les irían a la zaga.
Y, como argumenta el francés Yves Lacoste en su obra “La geografía, un arma para la guerra”, las comunicaciones y explotación de los metales componen doble curva, cuyos vectores convergen en un solo punto de estrategia: la geopolítica.
Por ello la cartografía, estancada un tiempo, acusaría de repente desde 1868 a 1900 visibles trazas de cambio. No en vano la revolución industrial, tsunami iniciado en Inglaterra a finales del XVIII y extendido por Europa, golpeara los cantiles de Los Picos en esta época. Había llegado el tiempo de aprovechar la extracción de metales y de ponerlos en el mar con ventajas económicas para su exportación: bien deslizándolos por tabladas de río despejadas y dragadas, bien por caminos adecuados de herradura y rueda, bien por cables, o por todo ello junto…, desde estas fragosidadesque rodean nuestro itinerario, siguiendo El Deva y El Cares.
El caso es que ahora nos vamos a entretener en la consideración de estas dos cuencas mineras, reclamo, ya apuntado, de viajeros, exploradores y personalidades de verdadero avance de modernidad, como se verá en el resultado físico de Panes, ejemplo de tal movimiento.
Sin embargo, como pescadores de río, sigamos lanzando el sedal aguas arriba.
El conocimiento de los metales por toda esta superficie del Cuera y su mar hasta La Meseta con Los Picos de Europa en el eje, es parejo en la protohistoria al de otras áreas peninsulares con diferencias muy escasas.
Con la penetración augusta y cierta romanización, el uso y su contacto con menas de variados minerales, dieron desde entonces pie a reactivar fundiciones artesanales. Se aprovecharon recursos hidráulicos de desniveles por rabiones y aceñas, que facilitaron lavados de graneles, manejo de martillos pilones para macear y activar fuelles, que facilitaron a los herreros la producción del utillaje necesario, para satisfacer las necesidades de aquellas sociedades tribales: aperos para ferretear madera y tierra, arrastrar y forjar, incluso armas. Enseguida el ribereño civilizado iba rodeándose de un ajuar de cuernas y cerámicas, que en gran parte se suplía por calderería, amén de de componentes de molinos, batanes y trillas.
Aquí, en Pido de Espinama, por ejemplo, por donde seguimos el paso del Deva en la narración, todavía se conserva la huella y horma milenaria de una herradura cincelada en roca, que servía para el vaciado de la colada del mineral, con que herrar el ganado de arrastre. Y desde los cencerros y curiosos de cada aldea para dar el golpe acertado al campano (el último conocido por el cronista en San Roque del Acebal en Llanes allá por los sesenta), capaz de templar y adquirir el timbre distintivo de sonido metálico, hasta las volanderas de las ruedas de los carromateros y las rejas de los arados, todo iba saliendo de las menas. (No resulta extraña la denominación de Valle de Herrerías impuesto a la comarca bañada por el Nansa y la importancia de Camijanes (s. X), como centro del oficio del yunque, cruce de comunicaciones con San Vicente de La Barquera, Las Tinas, Castilla y El Principado de Asturias, que trataremos a su tiempo).
Ya Alfoso XI, el mismo Rey que otorgó La carta de Privilegio de Peñamellera el 5 de mayo de 1340, estableció por ley la concesión de cédulas reales para la explotación minera. Un primer registro data de 1532: “…oro e plata en el Puerto de Aliva confinante con Penna Vieya a mano dcha antes dir a la Colladiella, cerca por la parte inferior de la fonte Cimera…”
Y terminando con el siglo de Carlos I con que se comenzó la jornada, y con su hijo, Felipe II, se documenta en 1570 una Cédula Real de propiedad y explotación de plomo en Las Asturias durante 30 años a nombre del glorioso arquitecto, nacido en el barrio de Movellán de Roiz en Valdáliga, D. Juan Herrera, que en 1576 tomaría el relevo decisivo para concluir la construcción de la octava maravilla del Mundo: El Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Cecilio F. Testón

Artículo publicado el 11 de Junio en el semanario El Oriente de Asturias.

volver atrás

 
Copyright © 2006, Asociación Pico Peñamellera. | Todos los derechos reservados | Créditos | Información legal