«No pagan mucho, unos 95 euros al mes»
¿PUEDE HABER ALGO más llamativo, —en la época dorada de los especialistas, de la técnica sacralizada y de los políticos profesionales, de la ingeniería genética, del declinar del servicio a los demás—, algo más insólito que la pervivencia de los juzgados de paz?
Leonardo Noriega Roque es, desde la llegada de la democracia, el juez de Paz de Peñamellera Alta, y Peñamellera Alta es el menor de los concejos del oriente asturiano. Seiscientos habitantes, y ni uno más, noventa y dos kilómetros cuadrados, y ni uno menos, dan para alcalde y seis concejales, para médico, farmacia, practicante, siete bares repartidos entre los ocho pueblos del municipio, y hasta para juez de Paz.
El Real Decreto de veintidós de octubre de 1855 estableció la institución del Juzgado de Paz en todos los pueblos con ayuntamiento a cargo de vecinos mayores de 25 años que supiesen leer y escribir, con competencias en conciliación, en asuntos de mínima cuantía en materia civil, y faltas leves en materia penal. Un siglo y medio de vicisitudes dio para que la Ley de Bases de 1974 estableciera el mantenimiento de los Juzgados de Paz en todos los municipios, y la Ley Orgánica 6/85 del Poder Judicial los confirmó en los municipios donde no existiesen Juzgados de Primera Instancia e Instrucción.
Leonardo Noriega, Nayo para los vecinos, nació en Alles en diciembre de 1945 y el próximo invierno se jubila. Aunque prejubilado desde los 55 años, y muy agradecido al consejo de un buen amigo, “porque se iba a poner muy mal la situación en el campo”, ha vivido dedicado a las tradicionales labores de la agricultura y la ganadería de subsistencia. Para los gélidos años de la posguerra eterna retiene una palabra: miseria. “El que diga lo contrario no dice la verdad. Levantarte, ir al puertu todos los días a mecer un pocu lechuca, bajarla al camión, cuatro o cinco litrucos…, las ovejas, las cabras, había que mecerlo todo… ¡Hoy nada, hoy la gente no trabaja!”. Nayo es un vecino de Alles y un superviviente, como todos, como los demás, que ha visto vaciarse el concejo lentamente, desde los 2.273 habitantes de 1940 hasta hoy. “Estaba lleno el pueblo de gente. Había tres bares por lo menos. En la plazuela de San Roque, con un tocadiscos, igual había allí cien mozos entre chavales y chavalas. Había muchísima juventud. Se organizaba un baile exagerado en aquella plazuela”.
El tiempo en estos valles no es el tiempo de las muchedumbres. Los acontecimientos, los cambios, las novedades, las prisas, las locuras, vienen de fuera. El tiempo no es así. El tiempo es de otra pasta.
Y siendo así las cosas, el servicio militar supuso un acontecimiento inolvidable y, tal vez, la excusa perfecta para la exploración exterior: El Ferrol, Cádiz, la Marina, el mar, Madrid, los trenes. Soltero, meticuloso, ordenado, tiene a su hermana y a su sobrina en Madrid, donde ha pasado tres Navidades: “no me gusta, me agobia aquello”. En Alles vive sin preocupaciones, sin desesperación, porque dicen que “el buey solo bien se lame”.
Con las primeras elecciones municipales llegó la elección de Nayo, por parte de la corporación, como juez de Paz de Peñamellera Alta. Ocho veces se presentó al cargo, y ocho veces ha resultado elegido: “quitaron a Nevares y me puse yo”. “No pagan mucho, ahora vienen pagando unos 95 euros al mes, menos de mil doscientos al año, que hay que declarar al hacer la declaración de la renta”. Prejubilado, mantiene unas ovejas y ejerce su cargo apegado a la realidad del ahora y del aquí: “es una responsabilidad, no se trata de aparecer por el Ayuntamiento cada quince días. Si viene alguien a por un papel hay que estar”.
El Juzgado de Paz de Peñamellera Alta tiene como juez superior al juez del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción de Llanes, y pertenece a la Agrupación de Juzgados número 11, integrada por las secretarías de los Juzgados de Paz de Cabrales, Peñamellera Alta, Peñamellera Baja y Ribadedeva, siendo el secretario del juzgado — que es funcionario de carrera— quien lleva la mayoría del trabajo del juzgado y quien toma las decisiones. Por lo que respecta a las atribuciones que tiene el Juzgado de Paz, en el orden civil atiende asuntos de cuantías inferiores a 90 euros, al tiempo que cumple las funciones de registro civil —todo lo referente a nacimientos, matrimonios y defunciones—, pudiendo celebrar matrimonios. En materia penal, trata algunos casos por faltas, como puede ser el abandono de objetos peligrosos, el maltrato a los animales, perturbar levemente el orden, deslucir bienes inmuebles de dominio público o privado, y “asuntos de amenazas, coacciones, injurias, o vejaciones a determinados familiares”.
A pesar de sus muchas limitaciones —que el juez sea lego en derecho, que la remuneración del trabajo sea tan exigua, que no se pueda exigir al juez mayor dedicación ni profesionalización, que la práctica procesal recaiga realmente en el secretario del Juzgado de paz, que el escaso volumen de competencias no descargue efectivamente de trabajo a los juzgados de carrera—, la pervivencia de los Juzgados de paz no deja de ser aire donde no había aire, un inesperado voto de confianza a los seres humanos, a las personas, al viejo modo de la comunidad, a la autonomía de la justicia sin teorías. Al sentido común. A la realidad.
José Antonio Cosío
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