
PENSAR QUE nuestros ríos presentan hoy las mismas características de navegabilidad, es tanto como pasar por alto la constante evolución de los cauces. Ignorar el gasto, meteorización y transporte erosivo sufridos en el lecho del Deva por piedras y cascotes en la década de los setenta del XIX, es no recrear el paisaje histórico en la mente. Fue entonces, cuando, a partir de La Comporta (compuerta reguladora de la acequia del Molino de La Vega y fábrica de luz desde 1900 con la familia de Las Cuevas) se volaron las rocas del desfiladero, para abrir la carretera de Tinamayor a Sahagún de Campos (algunos Osorno-Palencia), como otro tanto ocurrirá una década después con la carretera de Cangas de Onís a Siejo sobre El Cares.
Comunicadas las minas desde Cillorigo por Pelea y desde La Hermida a Bejes, desde allí se accedía en cuatro tornos al horno del Doblillo, que, comunicado con la Hermida mediante hilo telefónico, servía de andén para bajar el mineral en carros, habiendo sido desechada la construcción de un teleférico por el Salto de La Cabra, proyecto del ingeniero santanderino Agustín Mazarrasa Quintanilla. En el Doblillo se trataban las extracciones de toda la red de minas de Ándara, y Los Urrieles, a excepción de las de Áliva, lavadas en Espinama y se regulaba el trasporte de materiales, para, desde La Hermida, salvadas las Lágrimas de San Pelayo, llevarlos por el Deva en lanchones de base plana hasta El Jornu de Panes. Aquí se desembarcaba e iba almacenándose en Robea, dispuestos a ser reembarcados de nuevo con destino al muelle de la Carretera de Pechón en Tinamayor, según el ritmo de navíos. Pero, cuando en los años setenta del XIX se hicieron las voladuras de roca, los carreteros tuvieron que bajarlo hasta Panes por la nueva apertura, a causa de la invasión de derrumbes en el lecho de las aguas.
De esta manera, no sólo las minas del núcleo de Los Picos, sino también las del Cares, Cuera y del bajo Deva, como Delfina, Cabezamayor, Fany, El Rofríu, Ivona, La Sierre, El Castro, Las Llucias, La Boriza, El Testalléu, El Hondón, Trespando, Mina Alles, Picayos de Mier, Argayón, La Colmena, Cantón del Pandiu, Emmita, El Lotero, Merodio Oeste, Merodio Centro, Merodio Este y Pozobal, pudieron hasta la crisis del 29 evacuar recursos con destino a Bélgica e Inglaterra con normalidad, hasta el hundimiento mundial del zinc de 1929.
Con los trabajos mineros y apertura de comunicaciones toda la comarca y especialmente Peñamellera recibieron inmigraciones y asentamiento de gallegos, vascos, pasiegos, riojanos…, que trataremos, a medida de nuestro caminar por las orillas hasta el mar, cooperando al desarrollo de una manera nueva de vida, acostumbrada a emigrar en cada apretura.
Y además estas facilidades abrieron inmediatamente las puertas de la zona a viajeros, estudiosos, alpinistas, botánicos, espeleólogos, cazadores y pescadores, que descubrieron el gran tesoro oculto de valles y alturas, tan sólo conocido por pastores y por algún que otro cazador, amén de la vida silenciosa y monástica de la clerecía histórica. Belleza no experimentada en ese nivel al oeste de los Pirineos hasta entonces, como nos va a demostrar el Conde de Saint – Saud.
Y, debido a que el meollo y núcleo de la atracción de la zona de estas dos cuencas, se evidencia en el espinazo central de Los Picos de Europa, no se puede pasar por alto el conjunto constituido por tres Macizos. Macizos surcados por estas nuestras dos grandes vaguadas, que con la del Sella (no olvido el Dobra, Duje, Casaño, Quiviesa, Buyón y Urdón) aprietan el cinturón del Cornión, Los Urrieles y Ándara, verdadera isla rodeada de agua, por donde discurren los ríos de nuestra historia, son desde entonces protagonistas y una de las atracciones turísticas más completas de Europa. Los tres Macizos pujan en grandeza y atractivo. De ahí que a las comunicaciones establecidas desde Liébana a Tinamayor y desde Cangas de Onís a Siejo, haya que sumar las de Soto de Cangas a Enol, pasando por Covadonga.
También la minería desarrollada en Bufarrera entre los Lagos Enol, Ercina y el antiguo desecado de Comeya supuso el catalizador de tal apertura. No en vano la Ley de 1885, que fija el desarrollo de obras en toda la comarca para el arrastre de mineral, habría de implementarse con la puesta en marcha de un trenecillo, que en 1908 también serviría para viajeros de Arriendas al Repelao de Covadonga (sueño del actual periodo turístico). Claro que tal explotación minera se canalizaba a través del puerto de Ribadesella.
Ya en La Riera, la del batán junto al túnel sobre el río, la de los canteros de la reciente Basílica, a primeros de siglo se cantaba:
Ya viene el tren para Oviedo,
Ya ruge la balastrera,
Arrastrando los vagones
De la mina Bufarrera.
Pero los sueños de la humanidad se encarnan en la grandeza de miras de los hombres, que aman a su tierra.
La saga villaviciosina de los Pidal tan ilustre como benefactora para Covadonga y los Picos de Europa comienza con el primer Marqués de Pidal, José Pidal Carneado, gran amante del Santuario, enterrado en La Real Colegiata de San Fernando, recostada bajo la cueva de La Santina. Su hijo, Alejandro, siendo Ministro de Fomento, fue quien por Ley del 22 de abril de 1885 incluye la construcción desde Covadonga de la de doce kilómetros a Los Lagos, con el fin de explotar los recursos tan necesarios para la recuperación económica de España. Esta penetración por el Norte, complementada con las del Deva y Cares, dan el pistoletazo de entrada de un torrente que no cesa llamado turismo, iniciado por una ilustre procesión de visitantes, que expandieron su conocimiento y fama por todo el mundo.
Y, al abrir la puerta a los visitantes, nos encontramos que aquel enamorado de Ándara, que hemos dejado trabajando en su mina La Providencia, el ingeniero Benigno Arce, acogió en 1881, como anfitrión, en los casetones de Las Vegas de Ándara, al mismo Rey Don Alfonso XII, acompañado de su hermana la Infanta Doña Isabel, que no dudaron en compartir la espartana austeridad de los aposentos mineros.
La sociedad decimonónica más noble apostaba con ello desde entonces por su entusiasmo hacia la manifestación y vida de una naturaleza privilegiada, que ha pesado desde entonces en los planes de su conservación.
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